La
culpa de todo la tiene Disney, haciéndonos creer que por arte de
magia aparecerá una carroza por digievolución de calabaceitus,
conducida por unos señores trajeados que en su vida pasada fueron
ratas de cloaca pastilleras (porque ya me dirás tú cómo si no iban
a estar todo el día sonriendo y cantando canciones absurdas con,
fijaros, la mirada totalmente perdida). No olvidemos la
transformación de atuendo: de un vestido totalmente tijereteado a
base de la ira y envidia de nuestras hermanastras crueles y
jodidamente feas, en un vestido de alta costura acebollado por abajo
y bien apretado por arriba para marcar, o crear pechos, comprimiendo nuestra
cavidad torácica sin apenas quedar sitio para el aire que inhalamos.
De cara, la belleza en persona. El pelo, como si hubiéramos
utilizado todos los productos de Garnier sin provocar una maceración
craneal. Y en los pies, unos preciosísimos zapatos de cristal. Muy
cómodos, por cierto. Y ale, vámonos a bailar. El destino nos
preparará para conocer al más apuesto príncipe del reino, que a
pesar de estar como un queso, es virgen, por no decir asexual, porque
ha estado esperando todo este tiempo para conocerte, sin haber
perdido el tiempo follando con todas las que hubiera podido y más: feas, guapas, gordas, flacas, cariñosas, con pene, sin pene, etc. A
continuación, una sacudida de realidad que nos hace recordar que a
las doce tenemos que seguir con nuestra aburrídisima vida, víctimas
de toda crueldad ajena a nuestra inocencia encantadora. Pero, gracias
a ese destino, perdemos uno de los comodísimos zapatos de cristal.
Zapato que, nos solucionará toda nuestra jodida existencia. Y
comeremos perdices y tal y que cual.
Y
acabando con mi ira acumulada en forma de prosa burda, ruego al no
tan apuesto hombre que se encuentre mi zapato de plástico
improvisado a base de film transparente, que me lo traiga ya de una
vez.
4 comentarios:
Te idolatro.
Me ruborizas...
Yo te lo hidrato.
Me excitas...
Publicar un comentario